martes, 28 de mayo de 2013

Más de 140. Cita nº42


Si democracia es lo que estamos viviendo, donde permitimos a unos partidos políticos un blindaje indestructible, donde le concedemos de buena fe una libertad de actuación y con ella de corrupción, que luego no va a ser juzgada por nadie... pues no la quiero. No me conformo con echar un papelito en una urna cada cuatro años, papelito por otro lado ya escrito por terceros, que no me han pedido opinión.

Necesito una revisión de nuestra Constitución que con solo 35 años ya adolece de todos los males de la tercera edad; Alzheimer, Demencia Senil, Parkinson y otros que se salen de aquí. Por esta circunstancia que no me parece baladi, me atrevo a pensar en un cambio en profundidad donde participe de manera activa nuestra ciudadanía.

Por todo ello me viene que ni al dedo el pensamiento de @lorenzoabadia, al cual me aferro como clavo ardiendo. Y su idea de una Asamblea Constituyente que tenga como expreso mandato la revisión de la Constitución de 1978. No por difícil y complicado, me ha devuelto la ilusión de seguir luchando por un país en estado terminal.

No tengo por más que pedir la ayuda de todos los que vean las cosas como yo, para salvar lo poco que queda y surgir como el Ave Fenix de sus nuestras propias cenizas.

sábado, 25 de mayo de 2013

Más de 140. Cita nº41



Esta España nuestra, en estos últimos días esta rozando el más absoluto de los ridículos. Andamos cual gallina descabezada en sus últimos estertores. Ponganse durante un momento en la mente dentro cualquier dirigente... bueno mejor no lo hagáis. Es terrible, de echo debemos acuñar un nuevo nombre para republicana bananera, no tenemos derecho a insultarla tanto.
A quedado manifiestamente claro, que nuestra #casta no tiene nada de tal #casta y no pasa de toro manso remolón. Y de la ciudadanía que me habláis, las pilas Duracell© quedaron en el Pleistoceno.
No tenemos más que lo que merecemos dirían nuestros mayores, bueno y a bote pronto hasta puede que tengan razón. Pero me niego, el señor Lorenzo y su #pirámidetwitter me ha insuflado energía por los cuatro costados y tenemos por delante toda una ardua labor para conseguir un #ProcesoConstituyente que ponga de una vez por todas a este país donde debe estar y nunca debió dejarlo.
Señores tenemos trabajo, que no decaiga ese animo y juntos eliminar esta chorizoracia, que por muy bien instaurada que este, árboles más grandes han caído. 

¿Y ahora a quién votamos? Menudo lío.





Hay un día en que mira por donde todos los políticos se ponen de acuerdo en algo y te hacen llegar el mismo mensaje... “Hoy toca ir a votar”. Y después en todos los canales de TV las mismas escenas de lugar y hora con los candidatos introduciendo su voto en la urna, acompañado de su cónyuge; aplausos y marea de fotógrafos. Ser reportero ha dejado de ser un acto romántico como nos los pintaron en las viejas películas de cine negro americano. Ese día se olvidan las peleas televisadas: “Aquí lo democrático es que vayáis a votar”.

¿Y si votas tú?

Supongamos que seleccionas y metes en un sobre la papeleta esa famosa que te presentan los partidos políticos con sus respectivas listas de candidatos, después del machaqueo del periodo electoral. Tienes muchas donde elegir, y eso te da la sensación de que al escoger una de ellas estás ejerciendo tu consabido “derecho al voto". En ese momento, no se te ocurre que los nombres que te aparecen en ella han sido nombrados a dedo por el jefe de partido; y puede que dos o tres personas más de confianza. No han sido seleccionados en una votación llevada a cabo por todos los integrantes de ese partido. Ni siquiera una representación de esos socios ha sido la electora. Y desde luego, lo que nunca, nunca, nunca serán elegidos en una partidocracia es por los votantes. Pero aunque los nombres de la lista los hubiéramos elegido los ciudadanos, seguirían representando no al ciudadano, sino al partido. Por ello, lo de las listas abiertas, podamos elegir nosotros o cambiar el orden, no nos sacaría de la situación, porque ese nombre representarían al partido. Se presenta por el partido, no por nosotros. Representará al partido, no a nosotros. Mal empezamos, pero sigamos.







¿Os imagináis las luchas intestinas, odios, envidias, corrupción, obediencia ciega al jefe, falta de crítica, traiciones, que el simple deseo de mantenerse en el puesto con sus privilegios puede comportar un sistema así? Nombrar a dedo tiene muchos números para que se den casos de nepotismo (metes a la familia), amiguismo, intereses personales, ausencia absoluta de mérito, cleptocracia (meter mano en la caja), carencia de formación de los candidatos y todos los males que después se han vertido en esto que llaman democracia nuestros políticos. Y el mal se extiende como una mancha de aceite, porque quienes aparecen en los primeros puestos de las listas saldrán elegidos y serán jefes de otros nombrados también a dedo que a su vez serán jefes de otros... y así la interminable cadena hasta llegar a los últimos pesebristas que perciben las últimas migajas del pastel. 

Nadie podrá negar que nos hallamos ante el manual básico para que se establezca, con muchas papeletas, la corrupción. Y si por desgracia algo empieza funcionando gracias a la corrupción, seguirá de la misma manera. Peor aún, como la manzana podrida pudre a las demás; si otro partido ve que esto al vecino le ha funcionado bien, se plateará ¿por qué yo no? Y también tendrá papeletas para apuntarse al carro. Y si esto pasa, se crea un efecto dominó con los demás partidos, donde se reiterará el proceso. Cuando se da un efecto dominó, si una ficha queda en pie es porque ha habido mala planificación o por simple azar. Así que la excepción confirmaría la regla de la corrupción.

Bueno, pues ya tenemos a los diputados. Como deben obediencia a su amo votarán a su jefe, que así se autoenviste Presidente de la Nación, olé. Por lo tanto, al presidente no lo han elegido los ciudadanos, sino que él mismo ha elegido a quienes lo tienen que elegir, y en un solo acto y sin votación previa, todo resuelto... surge un ¿Presidente!

¿Y si no metes nada en el sobre y votas?

Eso es lo que llaman voto en blanco. Si tomas esta opción significa que estás de acuerdo con este sistema oligárquico de partidos pero que no te gusta ninguna de las opciones que te han presentado. Eso sí, si te hubiesen presentado a algún partido de tu gusto los hubiese votado porque estás completamente de acuerdo con este sistema. Votar en blanco es aceptar el sistema igual que si hubieses votado a un partido: estás de acuerdo con lo que hay.
El voto en blanco cuenta en el escrutinio y además en las estadísticas de participación. Estas estadísticas son las que legitiman al gobierno que se forme. Ojo al dato.
Entonces, ¿Qué pasa con el voto en blanco? Al aplicar el sistema D’Hondt, que es el que escogieron para España, los partidos pequeños lo tendrán más crudo para alcanzar el 3% necesario.

¿Y si metes en el sobre cualquier modificación en la papeleta u otro papel?
Con eso lo que haces es que contabilicen el voto como nulo. No afecta en las cuentas pero si cuenta en la participación. Está claro que has votado y te contarán en el % de votantes.

¿Y si no vas a votar?






A no ir a votar se le llama abstención. Eso contabiliza para los políticos y sus correas de trasmisión (los medios) como día de playa, pasotas o vagos si son pocos quienes se abstienen. En estos momentos, la situación es diferente. No hay nada que aterrorice más a los políticos que verse sin votantes. Si los que se abstuviesen fuesen un 60% no podría evitar el mensaje de que este sistema de partidocracias está acabado... los ciudadanos lo rechazan. Sería un directo tan fuerte al estómago de todos los políticos que los dejaría KO, además de un escándalo internacional. Las próximas Europeas pueden iniciar el camino de la república constitucional o la monarquía constitucional. Me da igual, mientras la constitución se limite a un reglamento neutro como el ajedrez carente de ideologías, que separe poderes y permita no solo la representación de la sociedad civil sino que cualquiera se pueda presentar como diputado de distrito con carácter imperativo, o Presidente de la Nación. La abstención también es una forma de expresar nuestra voluntad y de cambiar las cosas.


Autor: Vicente Jiménez
Twitter: @Parnasillo

jueves, 23 de mayo de 2013

LA SALIDA DE LA CRISIS: ESPAÑA/ARGENTINA, I





En diciembre de 2001, forzado por la fuga masiva de capitales que se había estado produciendo en la República Argentina, el gobierno presidido por Fernando de la Rúa limitó drásticamente la disponibilidad de los depósitos bancarios de los ciudadanos, materializando así una situación que un periodista no tardaría en bautizar con el nombre de “corralito financiero”. Aquella medida hizo singular un proceso que, contemplado con la actual perspectiva, desde España, permite establecer un marcado paralelismo entre lo ocurrido allí y la evolución de nuestra economía desde el 1999.
Esta serie de entradas, de la que esta es la primera, se propone evaluar la medida en que tal similitud puede servir de base para extrapolar nuestra actual situación económica, para, según ha evolucionado la situación argentina, entrever la forma en que lograremos salir de la actual crisis, y  para proponer, a partir de las conclusiones que obtengamos, un modelo económico y político que permita una viabilidad a largo plazo para nuestra complicada situación.


Empecemos por el principio: desde 1975, la economía argentina estuvo aquejada por un incremento galopante de los precios que en 1989 llegó al extremo de que, en el plazo de doce meses, multiplicó  los precios por treinta (véase la ilustración).

Con tan catastrófico panorama, resultaba infructuosa toda política económica que intentara aplicarse, porque era imposible encontrar financiación para ponerla en marcha, y ante tan radical desafío, Domingo Cavallo, superministro económico con Menen, puso en marcha un paquete de medidas monetarias y comerciales que, aunque afectaban a cinco áreas diferentes de la vida económica argentina, su única finalidad era atajar el proceso inflacionario: sustituía el austral (moneda nacional argentina) por una nueva moneda, el “peso argentino” en la proporción 10.000/1; establecía un cambio fijo, en paridad con el dólar americano, para la nueva moneda; liberalizaba la importación de todo tipo de mercancías y materias primas; permitía la libre circulación del dólar americano en el interior del país, y la presencia de dicha moneda en todos los niveles del aparato financiero argentino; y se comprometía ante la comunidad internacional a no acuñar más pesos argentinos, salvo que la emisión estuviera debidamente respaldada por un incremento en las reservas en oro o divisas.


La tesis de Cavallo era que, si se llevaban a efecto tales medidas con suficiente determinación, los precios tendrían que estabilizarse fuera cual fuese la capacidad de producción nacional o el nivel de los consumos internos, porque el mercado exterior se encargaría de neutralizar cualquier presión inflacionaria. La dramática consecuencia de la aplicación de aquellas medias excepcionales fue que, aunque era de esperar que se produjeran daños colaterales, no estaba previsto que los quebrantos que acarrearan fueran tan desproporcionadamente elevados.



EMPIEZAN LAS SIMILITUDESLlegados a este punto, la pregunta clave es ¿En qué medida, estas medidas son comparables con las adoptadas en España desde 1999? Se trataba del momento de la creación del euro y, para contestar a esta pregunta hay que volver a redactar lo ocurrido allende los mares: “Se sustituyó una moneda agotada (el austral) por otra  nueva (el peso argentino), cuyo valor quedaba firmemente ligado a una divisa de referencia (USD), con el compromiso de no realizar nuevas acuñaciones, y todo ello en el contexto de liberalización absoluta respecto al mercado exterior”. 
Véanse, utilizando la técnica copiar y pegar, las medidas adoptadas en España en 1999:  “Se sustituyó una moneda agotada (la peseta) por otra  nueva (el euro), cuyo valor quedaba firmemente ligado a una divisa de referencia (el euro, puesto que la nueva moneda era el euro propiamente dicho), con el compromiso de no realizar nuevas acuñaciones, y todo ello en el contexto de liberalización absoluta respecto al mercado exterior (puesto que, tanto la política monetaria como la aduanera, eran competencias exclusivas de la Unión europea).”





Los diez años que transcurrieron en la República Argentina entre 1991 y 2001 (1999 a 2007, para el caso de España) fueron para Argentina (y para España) una etapa de marcado sabor agridulce: dulce porque, a partir de entonces, los operadores extranjeros se interesaron en hacer sus inversiones en las nuevas monedas que, al contrario de lo que les ocurría a las antiguas, estaban a salvo de la permanente amenaza de devaluación; dulce también, porque los ciudadanos tuvieron acceso a los artículos de importación que antes les estaban vedados; y dulce, por último, porque los directores de los bancos pasaron, de atender únicamente las demandas de crédito de sus mejores clientes, aunque tuvieran que hacerlo a un tipo de interés usurario, a salir a la calle a ofrecer hipotecas a cualquier ciudadano, a un interés mucho más asequible.


Sin embargo, este periodo también fue amargo porque, cuando, dadas las circunstancias, particulares e instituciones públicas consiguieron endeudarse por encima de un determinado nivel (tanto España como Argentina triplicaron el volumen de su deuda externa en el periodo considerado, véanse las siguientes ilustraciones),

 los inversores extranjeros exigieron una remuneración mayor para mantener sus inversiones, y las Troikas respectivas (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Banco Central Europeo, para España; y FMI, BM y Banco Interamericano de  fue Desarrollo, para el caso argentino), a exigir ajustes y recortes, aunque causaran graves daños a la población. Igualmente, este periodo también resultó amargo porque la liberación sin límite ni compensación de las importaciones permitía la entrada de mercancías fabricadas en países emergentes, hasta el punto de dañar sustancialmente el tejido industrial manufacturero local y provocar, por tanto, un desempleo que se convertiría en sistémico para ambas sociedades. (Ver ilustración)
Hasta aquí, el paralelismo entre lo que ocurrió en la República Argentina y lo acontencido en España desde 1999. Veamos ahora lo ocurrido en Argentina hasta la actualidad, y que sea el propio lector quien determine en qué medida  pueda ser ese el futuro que espere a la economía española: Apenas fueron precisos tres años para que las clases adineradas argentinas advirtieran que estaban operando según un modelo económico incongruente (en el caso español ese descubrimiento está tardando más tiempo en arrastrar consecuencias), para que tirasen la toalla y para que decidieran sacar sus capitales del país. Aquella dramática convicción produjo una fuga de capitales que en el año 2000 alcanzaba el volumen del PIB argentino, amenazaba con desangrar los circuitos monetarios argentinos y convertía en inviable la política de estabilidad de precios instaurada por Cavallo (analícese la siguiente ilustración).


Hasta diciembre de 2000, mientras la tasa de desempleo se disparaba en parecida proporción a como se desplomaba la de producción industrial, y el índice de pobreza llegara a afectar al 50% de los ciudadanos, desde el extranjero, empezaban a sentirse presiones que no permitían el mantenimiento de la paridad peso-dólar. En aquella coyuntura, el gobierno argentino filtró a la prensa que la Troika le había felicitado por “hacer los deberes”, y que otorgaba un nuevo “plan de ayuda” por un total de 39.700 millones de dólares (que nunca sería desembolsado), disponible a lo largo de tres años, a cambio de que se "prosiguiera en la senda de los recortes. Sin embargo, en marzo de 2001, a pesar de la ayuda prometida por la Troika americana,  la huida de depósitos continuaba de forma implacable.
 Para cumplir las condiciones impuestas por la troica fue precisa una impecable actuación estelar de claqué por parte de Cavallo (un “de Guindos” a la argentina): Alargó indiscriminadamente el vencimiento de la deuda a corto plazo, aunque tuviera que comprometerse a pagar unos intereses usurarios (el riesgo país argentino- una variable de la prima de riesgo- llegó a alcanzar la cifra record de cinco mil); hizo lo imposible para conseguir que no se incrementase el déficit del Estado; y redujo los salarios y las pensiones. A cambio de tanto esfuerzo, Cavallo, el de Guindos argentino, consiguió que subiera la bolsa, pero también que los ciudadanos argentinos tuvieran que tirarse a la calle, que se colapsase el consumo interno, que se cerrasen miles de pymes y que se desplomaran los ingresos fiscales. La apoteosis final del glorioso espectáculo ofrecido en el país andino fue la negativa de la Troika a ceder el tramo acordado del plan de ayuda, vista la “timidez” de los recortes.
El día dos de diciembre de 2001, la situación real era esta: La economía argentina había colapsado; el capital estaba huyendo, despavorido; hacía ochenta y un días que Bin Laden había obligado a las Troikas a bajar el listón de las coberturas que podían avalar;  y todo eso sin que, ni los inversores privados ni los institucionales, fueran estos extranjeros o los foráneos, se prestaran a mantener  la financiación que hacía falta para que la fiesta continuase.

En la República Argentina, había llegado la hora de la verdad ¿Qué tal, si lo dejamos para continuar en la próxima entrada?  ¿Me ayudáis? Estos son los temas que pretendo abordar:
·         El Corralito, las diferencias entres las crisis española y la argentina, el default de de la República Argentina, y las políticas económicas aplicadas en Argentina para intentar salir de la crisis. 
¿Alguien quiere escribir sobre cualquiera de estos asuntos?
·         ¿Será ese el futuro de España?
·         ¿Qué  políticas pueden, o deben, desplegarse para evitarlo?
·         Propuesta final. 


Autor: Rafael Solís.
Twitter: @RafaelSolsOrtiz