lunes, 2 de diciembre de 2013

Antonio Garcia-Trevijano


           “El acto de escribir es simultáneo al de pensar. Si la escritura se adelanta al pensamiento, se precipita en la vacuidad del espíritu de divertimento. Si el pensamiento va delante, cae en la pesadez académica del espíritu de oscuridad, o en la ligereza del espíritu de frivolidad. La gran literatura no es técnica gramatical, ni oficio profesional, sino visión de transiciones del espíritu de poder. Los lectores aman a los periodistas vacuas porque no les incitan a pensar de modo inhabitual en el espíritu de los acontecimientos; y a los más confusos, porque les gusta adivinar el espíritu secreto que les atribuyen, Ningún filósofo, ningún historiador han igualado a los genios literarios en la descripción del tránsito del espíritu público, revolucionario o creador de instituciones, al orden público en la sociedad civil de la burguesía, que reemplazaba en el prestigio social a la aristocracia. El Orden público, agujero negro de la materia-forma humana, no deja escapar partícula alguna de luz espiritual o de irradiación energética de la sociedad.

                   Sin espíritu que la anime, la realidad es tierra ignota. La palabra sin espíritu genuino suplanta la voz de la cordura. La inercia política se toma por experiencia. Las pasiones serviles anulan las intuiciones espirituales. La fantasía sustituye la imaginación. Dando a conocer el sentido de la eufemia espiritista, la rebeldía del espíritu republicano no se contagia del idiotista idioma estatal. Un manantial de palabras inanimadas sale de la boca del Estado sin pasar por el cerebro, para impedir que de la conversación pública surja espíritu sano o inteligente. El periodismo usa un diccionario que traduce en términos decentes los vicios del régimen que defiende y los de su propio oficio. La pasión de corromper el idioma, para degenerar el espíritu de las ideas, no crece en los arrabales, sino el los palacios.

             El malestar de la cultura lo padecen más quienes menos se resignan a vivir sin espíritu de un sentido común que emane de la libertad política colectiva. Sin este maestro insobornable, se da crédito a lo absurdo y no vale lo sensato; se admira lo despreciable y se vilipendia lo admirable; se hacen movimientos histéricos con los dedos a la altura de las orejas para que las palabras sin espíritu genuino, se entiendan entre comillas. Sin espíritu emergente de la libertad común, el lenguaje no comunica razones ni sentimientos. Tan solo ruidos rutinarios de propaganda o de negocio. Los escritores no leen y los lectores escriben. La vulgaridad anega el panorama de las costumbres al cinismo de las acciones, desde el ámbito familiar al del Estado, desde las manifestaciones del arte de artefactos a los planes de docencia, desde el campo de la producción-consumo al del deporte, todo parece organizado para excluir de la vida social la función del sentido común, que es espíritu práctico, anulando toda posibilidad de que emerja un espíritu razonable que se objetive en instituciones políticas y culturales.

                A diferencia del espíritu republicano, el sentido común no es suficiente si no lo acompaña algún principio racional o ético. Cada individuo puede reclamar su derecho a la exclusiva. Pero con algún soplo espiritual de orden civil que lo anime, el sentido común cumple una función imprescindible. Función conservadora en la filosofía popular de Federico II; ilustrada en la filosofía escocesa del XVIII; revolucionaria en la filosofía independentista de colonias inglesas (Paine, Gandhi); esclarecedora en las grandes crisis causadas por la colusión de las finanzas y el poder político. Entre la jerga de economistas y políticos, la sensatez popular percibe que la crisis del XXI no fue producida por factores cíclicos incontrolables. Comprendió enseguida que era creada por la falta de control político del natural afán de lucro en directores de las finanzas, con la complicidad de incompetentes gobiernos partidistas, obligados a otorgar privilegios a la oligarquía financiera que los sostiene. El espíritu objetivo del sentido común tuvo que ser asesinado para dar vida sin sentido humano al Estado de Partidos.”

Antonio Garcia-Trevijano

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