jueves, 23 de mayo de 2013

LA SALIDA DE LA CRISIS: ESPAÑA/ARGENTINA, I





En diciembre de 2001, forzado por la fuga masiva de capitales que se había estado produciendo en la República Argentina, el gobierno presidido por Fernando de la Rúa limitó drásticamente la disponibilidad de los depósitos bancarios de los ciudadanos, materializando así una situación que un periodista no tardaría en bautizar con el nombre de “corralito financiero”. Aquella medida hizo singular un proceso que, contemplado con la actual perspectiva, desde España, permite establecer un marcado paralelismo entre lo ocurrido allí y la evolución de nuestra economía desde el 1999.
Esta serie de entradas, de la que esta es la primera, se propone evaluar la medida en que tal similitud puede servir de base para extrapolar nuestra actual situación económica, para, según ha evolucionado la situación argentina, entrever la forma en que lograremos salir de la actual crisis, y  para proponer, a partir de las conclusiones que obtengamos, un modelo económico y político que permita una viabilidad a largo plazo para nuestra complicada situación.


Empecemos por el principio: desde 1975, la economía argentina estuvo aquejada por un incremento galopante de los precios que en 1989 llegó al extremo de que, en el plazo de doce meses, multiplicó  los precios por treinta (véase la ilustración).

Con tan catastrófico panorama, resultaba infructuosa toda política económica que intentara aplicarse, porque era imposible encontrar financiación para ponerla en marcha, y ante tan radical desafío, Domingo Cavallo, superministro económico con Menen, puso en marcha un paquete de medidas monetarias y comerciales que, aunque afectaban a cinco áreas diferentes de la vida económica argentina, su única finalidad era atajar el proceso inflacionario: sustituía el austral (moneda nacional argentina) por una nueva moneda, el “peso argentino” en la proporción 10.000/1; establecía un cambio fijo, en paridad con el dólar americano, para la nueva moneda; liberalizaba la importación de todo tipo de mercancías y materias primas; permitía la libre circulación del dólar americano en el interior del país, y la presencia de dicha moneda en todos los niveles del aparato financiero argentino; y se comprometía ante la comunidad internacional a no acuñar más pesos argentinos, salvo que la emisión estuviera debidamente respaldada por un incremento en las reservas en oro o divisas.


La tesis de Cavallo era que, si se llevaban a efecto tales medidas con suficiente determinación, los precios tendrían que estabilizarse fuera cual fuese la capacidad de producción nacional o el nivel de los consumos internos, porque el mercado exterior se encargaría de neutralizar cualquier presión inflacionaria. La dramática consecuencia de la aplicación de aquellas medias excepcionales fue que, aunque era de esperar que se produjeran daños colaterales, no estaba previsto que los quebrantos que acarrearan fueran tan desproporcionadamente elevados.



EMPIEZAN LAS SIMILITUDESLlegados a este punto, la pregunta clave es ¿En qué medida, estas medidas son comparables con las adoptadas en España desde 1999? Se trataba del momento de la creación del euro y, para contestar a esta pregunta hay que volver a redactar lo ocurrido allende los mares: “Se sustituyó una moneda agotada (el austral) por otra  nueva (el peso argentino), cuyo valor quedaba firmemente ligado a una divisa de referencia (USD), con el compromiso de no realizar nuevas acuñaciones, y todo ello en el contexto de liberalización absoluta respecto al mercado exterior”. 
Véanse, utilizando la técnica copiar y pegar, las medidas adoptadas en España en 1999:  “Se sustituyó una moneda agotada (la peseta) por otra  nueva (el euro), cuyo valor quedaba firmemente ligado a una divisa de referencia (el euro, puesto que la nueva moneda era el euro propiamente dicho), con el compromiso de no realizar nuevas acuñaciones, y todo ello en el contexto de liberalización absoluta respecto al mercado exterior (puesto que, tanto la política monetaria como la aduanera, eran competencias exclusivas de la Unión europea).”





Los diez años que transcurrieron en la República Argentina entre 1991 y 2001 (1999 a 2007, para el caso de España) fueron para Argentina (y para España) una etapa de marcado sabor agridulce: dulce porque, a partir de entonces, los operadores extranjeros se interesaron en hacer sus inversiones en las nuevas monedas que, al contrario de lo que les ocurría a las antiguas, estaban a salvo de la permanente amenaza de devaluación; dulce también, porque los ciudadanos tuvieron acceso a los artículos de importación que antes les estaban vedados; y dulce, por último, porque los directores de los bancos pasaron, de atender únicamente las demandas de crédito de sus mejores clientes, aunque tuvieran que hacerlo a un tipo de interés usurario, a salir a la calle a ofrecer hipotecas a cualquier ciudadano, a un interés mucho más asequible.


Sin embargo, este periodo también fue amargo porque, cuando, dadas las circunstancias, particulares e instituciones públicas consiguieron endeudarse por encima de un determinado nivel (tanto España como Argentina triplicaron el volumen de su deuda externa en el periodo considerado, véanse las siguientes ilustraciones),

 los inversores extranjeros exigieron una remuneración mayor para mantener sus inversiones, y las Troikas respectivas (Fondo Monetario Internacional, Banco Mundial y Banco Central Europeo, para España; y FMI, BM y Banco Interamericano de  fue Desarrollo, para el caso argentino), a exigir ajustes y recortes, aunque causaran graves daños a la población. Igualmente, este periodo también resultó amargo porque la liberación sin límite ni compensación de las importaciones permitía la entrada de mercancías fabricadas en países emergentes, hasta el punto de dañar sustancialmente el tejido industrial manufacturero local y provocar, por tanto, un desempleo que se convertiría en sistémico para ambas sociedades. (Ver ilustración)
Hasta aquí, el paralelismo entre lo que ocurrió en la República Argentina y lo acontencido en España desde 1999. Veamos ahora lo ocurrido en Argentina hasta la actualidad, y que sea el propio lector quien determine en qué medida  pueda ser ese el futuro que espere a la economía española: Apenas fueron precisos tres años para que las clases adineradas argentinas advirtieran que estaban operando según un modelo económico incongruente (en el caso español ese descubrimiento está tardando más tiempo en arrastrar consecuencias), para que tirasen la toalla y para que decidieran sacar sus capitales del país. Aquella dramática convicción produjo una fuga de capitales que en el año 2000 alcanzaba el volumen del PIB argentino, amenazaba con desangrar los circuitos monetarios argentinos y convertía en inviable la política de estabilidad de precios instaurada por Cavallo (analícese la siguiente ilustración).


Hasta diciembre de 2000, mientras la tasa de desempleo se disparaba en parecida proporción a como se desplomaba la de producción industrial, y el índice de pobreza llegara a afectar al 50% de los ciudadanos, desde el extranjero, empezaban a sentirse presiones que no permitían el mantenimiento de la paridad peso-dólar. En aquella coyuntura, el gobierno argentino filtró a la prensa que la Troika le había felicitado por “hacer los deberes”, y que otorgaba un nuevo “plan de ayuda” por un total de 39.700 millones de dólares (que nunca sería desembolsado), disponible a lo largo de tres años, a cambio de que se "prosiguiera en la senda de los recortes. Sin embargo, en marzo de 2001, a pesar de la ayuda prometida por la Troika americana,  la huida de depósitos continuaba de forma implacable.
 Para cumplir las condiciones impuestas por la troica fue precisa una impecable actuación estelar de claqué por parte de Cavallo (un “de Guindos” a la argentina): Alargó indiscriminadamente el vencimiento de la deuda a corto plazo, aunque tuviera que comprometerse a pagar unos intereses usurarios (el riesgo país argentino- una variable de la prima de riesgo- llegó a alcanzar la cifra record de cinco mil); hizo lo imposible para conseguir que no se incrementase el déficit del Estado; y redujo los salarios y las pensiones. A cambio de tanto esfuerzo, Cavallo, el de Guindos argentino, consiguió que subiera la bolsa, pero también que los ciudadanos argentinos tuvieran que tirarse a la calle, que se colapsase el consumo interno, que se cerrasen miles de pymes y que se desplomaran los ingresos fiscales. La apoteosis final del glorioso espectáculo ofrecido en el país andino fue la negativa de la Troika a ceder el tramo acordado del plan de ayuda, vista la “timidez” de los recortes.
El día dos de diciembre de 2001, la situación real era esta: La economía argentina había colapsado; el capital estaba huyendo, despavorido; hacía ochenta y un días que Bin Laden había obligado a las Troikas a bajar el listón de las coberturas que podían avalar;  y todo eso sin que, ni los inversores privados ni los institucionales, fueran estos extranjeros o los foráneos, se prestaran a mantener  la financiación que hacía falta para que la fiesta continuase.

En la República Argentina, había llegado la hora de la verdad ¿Qué tal, si lo dejamos para continuar en la próxima entrada?  ¿Me ayudáis? Estos son los temas que pretendo abordar:
·         El Corralito, las diferencias entres las crisis española y la argentina, el default de de la República Argentina, y las políticas económicas aplicadas en Argentina para intentar salir de la crisis. 
¿Alguien quiere escribir sobre cualquiera de estos asuntos?
·         ¿Será ese el futuro de España?
·         ¿Qué  políticas pueden, o deben, desplegarse para evitarlo?
·         Propuesta final. 


Autor: Rafael Solís.
Twitter: @RafaelSolsOrtiz



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